IMAGINAR LA IMAGEN, IMAGINAR LA FILOSOFÍA

Una imagen no es vista, es imaginada. De mi experiencia en la infancia deriva esta idea. Había un profesor en el colegio al que le gustaba preguntarnos, mostrándonos cada semana una imagen nueva, qué es lo que veíamos. Mis respuestas siempre se desajustaban a la mayoría. No por la creatividad de mi respuesta, sino por lo extraña que parecían resultarles.

 

© Guillermo Yáñez Tapia

 

 

Las preguntas extrañas tienen la peculiaridad de pensar los límites. El asunto es que parece ocurrir que las imágenes se suelen envasar en ciertos modos de ver que son derivados de ciertos modos de imaginar. Las imágenes son sujetas a límites de los cuales los «profesionales de la imagen» se resisten a salir. Cuando el modo de imaginar se transforma en un modo de imaginar hegemónico estamos frente a un dispositivo. Los dispositivos disponen obligadamente.

 

En las preguntas extrañas, en las imágenes extrañas, en lo extraño, se esconden las posibilidades de otra imaginación.

 

El problema no radicaba en las imágenes que el profesor nos mostraba –que por lo general eran fotografías de guerra–, sino en que solía quedarme sujeto en algún detalle que hacía estallar los límites de la imagen más allá de lo que simplemente se mostraba; como una especie de sentido oculto. O por lo menos eso me parecía a mí.

 

El profesor, al verme, según él, equivocarme en la respuesta una y otra vez, afirmó a todos mis compañeros que yo sufría de «mal ojo». Las manos de varios de mis compañeros se agitaron a la vez que sus voces se superponían: ¿qué es el «mal ojo»? El profesor, con cierto aire doctoral que sólo puedo calificar hoy al recordar, dijo que el «mal ojo» era la incapacidad de ver imágenes.

 

El asunto me persiguió prácticamente hasta finalizar la educación media: yo no sabía ver imágenes. Era una especie de vidente funcional, pero definitivamente ciego. Desde ese momento la imagen, el ver, la imaginación, se transformaron en el centro de la mayoría de mis pensamientos. Comencé a desconfiar de mis ojos. Cada vez que me encontraba con una imagen que consideraba muy compleja, me acercaba a uno de los mayores de mi familia y les preguntaba qué es lo que veían en ella. En clases, me quedaba absorto mirando imágenes de los libros con el único fin de poder descubrir cual era el misterio de toda imagen para ser vista. Las imágenes me asustaban porque había algo que no comprendía en ellas.

 

A veces en las noches imaginaba que me quedaba ciego y que gracias a ello me había sido posible recuperar la vista de las imágenes. Imaginaba que la falla en mí estaba en que para ver imágenes debía hacerlo sin los ojos. Que el verdadero secreto de toda imagen era no verla, sino que imposibilitado para hacerlo, es decir ciego, la imaginara desde la más rotunda oscuridad.

 

A dicha angustia que sobrevive en mí hasta el día de hoy le debo mi interés por la fotografía, por el cine, por la poesía, por la filosofía, por las neurociencias; por todo aquello que tuviera que ver con el imaginar.

 

Una de las consecuencias de todo lo anterior era precisamente que no lograba dar con una respuesta satisfactoria a la pregunta por la imagen; una que me diera una clara visión de eso que no podía ver. Hasta que di con la frase inicial de este texto: una imagen no es vista, es imaginada. Y para ello siempre nos hacemos de un «modo de imaginar» que radica en un punto que descubrimos en la imagen propiamente tal, entre los límites de ella. El «modo de imaginar» una imagen es la tensión dinámica entre la experiencia individual y las coordenadas de lo social. Como ven sigo sufriendo del «mal ojo» porque no veo imágenes, sino que las imagino.

 

Fue esto que me llevo a la Filosofía. Hacia una Filosofía de la Imagen que pudiera plantearse el problema de la imagen siempre “vista” desde otro lugar; un descentramiento permanente. Una Filosofía de la Imagen que establezca el límite como lugar del filosofar y que no se concentre en el contenido sino en su insuficiencia. En Lacan hay una idea que me gusta particularmente porque me recuerda ese lugar desde donde filosofar. Me refiero a la idea lo Real. Ese lugar que no ocupa un lugar y que por lo tanto del que no se puede hacer una representación. Es el lugar que interrumpe lo imaginado (que Lacan mismo separa en lo Imaginario y lo Simbólico). Es decir, es el trauma que origina la perdida de toda consistencia de aquella imagen de mundo que nos hacemos. Llegamos a dicha idea cuando lo que teníamos por sentido pleno comienza a fracturarse porque no posee lugar alguno de permanencia. Lo Real es el límite –que no es propiamente un límite– de todo filosofar que no es otra cosa que un modo de imaginar. 

 

 

 

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