Afirman  Deleuze y  Guatari (1997)[1], “la filosofía no es un mero arte de formar, inventar o fabricar conceptos, pues los conceptos no son necesariamente formas, inventos o productos. La filosofía, con mayor rigor, es la disciplina que consiste en crear conceptos”. Este desplazamiento es formidable. La filosofía como un acto creador de conceptos que buscan con ello decir algo en torno a lo que se piensa para pensarlo mejor. Precisamente ha sido esta afirmación la que me dio el impulso en algún momento a tener la osadía de inventar ciertos conceptos en el afán de pensar la imagen. Había cuestiones que no me alcanzaban con ciertas definiciones. No era que las encontrara sólo insuficientes, sino que más bien me resultaban improductivas, es decir, me impedían dejar el camino abierto para inventar otros conceptos que siempre resultarán necesarios pues, intuyo, nunca llegaremos a responder de manera definitiva la pregunta: ¿Qué es una imagen?

 

© Guillermo Yáñez Tapia

 

Escribí en el post anterior[2] que una imagen es un modo de imaginar. Un modo de imaginar es ese lugar peculiar en que se encuentran el objeto imagen, la superficie de inscripción propiamente tal, y el modo de ver. Aquí modo de ver se ha de entender según lo define Martin Jay[3] como aquello que permite entender el ver “ligado a sus o practicas, valores y otros aspectos culturales, históricos y epistémicos”. Ese punto de encuentro, el modo de imaginar, abre un estatuto ontológico que es político. El ser no es algo que trascienda al fenómeno, el ser es lo que se pone en juego al momento en que el modo de imaginar hace que la imagen sea reconocible como tal. La cuestión ontológica en la imagen es, en último término, una cuestión de poder. Pero una cuestión de poder que coloca en movimiento los imaginarios disponibles cuando nos enfrentamos a una imagen. La imagen, en tanto modo de imaginar, es un punto de enfrentamiento, de lucha política. Es el despliegue de lo ideológico.

 

Así el modo de imaginar es un modo de controlar lo visible en tanto posible de ser imaginado. En la pantalla digital esto cobra una importancia decisiva. Lo posible de ser imaginado se transforma no en lo no visible, sino en lo totalmente expuesto. Totalidad que deriva de la inmersión interactiva que nos ofrece. ¿Acaso no es lo que nos sucede cuando nos perdemos en la interacción en los dispositivos digitales saliéndonos de la experiencia con el entorno inmediato? La exposición total de la pantalla digital tiene que ver con que nos atrapa en su particular modo de imaginar que hace de la imagen la posibilidad de habitarla, le da sustento ontológico al ciberespacio y, por lo tanto, político. Paradojalmente la pantalla digital imagina una imagen para la experiencia táctil. Si en la fotografía el índex era la presencia de la huella lumínica del “esto ha sido”, es decir, el registro de lo que la imagen aparecía como un testimonio confiable de lo distante, lo inscrito históricamente; en lo digital, el referente obliga a imaginárselo en la interacción con la superficie, es decir, su actualización permanente en la cercanía. En otras palabras, la imagen digital puede ser imaginada como el lugar de lo referido en la imagen misma. Por eso nos perdemos en su superficie interactiva; somos arrastrados una y otra vez por el touch que opera como una suerte de extensión cyborg en la que se atrapa a la subjetividad, al modo de imaginar en tanto levantamiento topográfico para el sujeto inmerso interactivamente.  

 

El control que ejerce el modo de imaginar propio de la pantalla digital provoca una desplazamiento telúrico que hace de la “relación social mediadas por imágenes”, a la que refería Guy Debord[4], una relación social mediadas en las imágenes. Ocupamos la pantalla digital como el modo inmersivo mediante el cual vemos a los demás y los demás nos ven a nosotros. La exposición de lo digital radica en este movimiento desde el “por” al “en” como método propicio para el control político de los mensajes. No hay mejor vigilancia que la homogenización de los modos de imaginar.

 

Es entonces cuando desde la filosofía resulta operativo entrar al terreno y crear conceptos para intentar decir algo en torno a lo que se piensa para pensarlo mejor en el modo de imaginar del aparato digital.

 

Dado que la filosofía es un modo de imaginar también, ésta no puede ser una ciencia en el sentido restringido del término. No hay nada que demostrar pues el vacío es en última instancia el lugar para todo filosofar. El esquema mediante el cual se trabaja filosóficamente (es decir profesionalmente) a partir de citas interminables y estudios acuciosos de los monumentos tradicionales de la historia de la filosofía es un modo de imaginar-la, nada más. Ese es el que se ha impuesto de manera hegemónica en la academia con todos sus reflejos en el ámbito social. Hay que volver al vacío para evitar que pensamiento filosófico siga en la homogenización profesionalizante y abrirlo al vínculo interdisciplinar en torno a la imagen y la visualidad hoy.

 

La imagen es y hay que indagar como operan en ella los  modos de imaginar hegemónicos para controlar su modo de ser; la noimagen, en tanto concepto otro de la imagen suspendida de la hegemonía a la que siempre se intenta sujetar, hará de su modo de imaginar la posibilidad de imaginarla políticamente; en el terreno en disputa en palabras de Martin Jay o también como afirma W. J. T. Mitchell[5], la cultura visual como “la construcción visual de lo social” y no únicamente como “la construcción social de la visión”. La imagen está ahí, pero lo que esta ahí es una manera de pensar que se imagina de cierto modo y es tarea de los Estudios Visuales avanzar en la descripción de la lucha política que encierra.

 

Los modos de imaginar son capas tectónicas que generan zonas de subducción que son dinámicas y que cambian de posición según el modo de imaginar ocupe un lugar hegemónico respecto de las otras capas. En este sentido, los modos de imaginar son una configuración telúrica.

 

¿Entonces, qué es una imagen? Un modo de imaginar que en el despliegue ontológico que descubrimos en ella se juega un modo de pensar.

 

 

__

 

[1] Deleuze, Gilles & Guatari, Félix (1997). ¿Qué es la filosofía? Barcelona: Anagrama.

 

[2] “Imaginar la imagen, imaginar la filosofía”. Disponible en línea en: https://www.revlat.com/single-post/2018/08/03/IMAGINAR-LA-IMAGEN-IMAGINAR-LA-FILOSOFÍA

 

[3] Jay, Martin (2007). Ojos Abatidos: La denigración de la visión en el pensamiento francés del siglo XX. Madrid: Akal.

 

[4] Debord, Guy (2006): Oeuvres. Paris: Gallimard.

 

[5] Mitchell, W. J. T. Mostrando el ver: una crítica de la cultura visual. En Revista Estudios Visuales #1, 2003, pp. 18-40.

 

 

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