MERCANCÍA, APARATO DIGITAL Y OBJETO FASCISTA

 

 

Me pregunto qué negocio es este

en que hasta el deseo es un consumo

Silvio Rodríguez

 

 

Marx veía en la mercancía una doble articulación. Por un lado, un valor de uso; por el otro un valor de cambio. Era un objeto externo. En tanto valor de uso, la mercancía se considera cualitativamente; en tanto valor de cambio, cuantitativamente. El carácter de valor de cambio de la mercancía no encierra ningún elemento propio de su carácter de valor de uso. La mercancía, en tanto valor de cambio, establece su modo de operar como un lugar en donde el valor de uso pierde toda su cualidad para establecerse como mera abstracción.

 

 

 

Atender estas generalidades tomadas desde Marx nos permiten pensar el presente de la visualidad como aquella cualidad construida para la mercancía con el único fin de hacerla atractiva para su consumo. La mercancía, al perder su cualidad como valor de uso, necesita presentarse como algo atractivo. En otras palabras, necesita hacerse de un valor que la muestre como algo deseable; algo que no es posible como simple abstracción. Lo que se busca con la estetización de la mercancía es proveerla de un modo de aparecer para su simple consumo. En esta lógica, propia de la tercera etapa del desarrollo capitalista –Fredric Jameson la denominó Postmodernidad–, la acumulación del capital abandona para siempre cualquier residuo de valor de uso original de la mercancía. Lo que hace, es levantar una estética que imponga el consumo como un deseo que hace del “objet petit a” lacaniano un objeto alcanzable que siempre deja un vacío a pesar de lograr obtenerlo. Dado que la peculiaridad del “objet petit a” es precisamente mantenerse como inalcanzable porque es la única manera de mantener al deseo en movimiento, la Postmodernidad ha logrado establecer esta distancia insalvable como el lugar en donde se puede alcanzar a dicho “objet petit a”, pero que una vez alcanzado siempre se le presenta una imagen de una versión mejorada que coloca nuevamente en movimiento al deseo atrofiado por la cercanía.

 

Es desde este lugar que uno puede pensar la estetización de la mercancía como un exceso ecológico. El motor de dicha estetización es establecer una actualización –casi siempre irreal– que haga obsoleta a la mercancía que ya acumulamos en algún rincón del lugar que habitamos. Este movimiento estetizante encuentra en el modo de imaginar propio del aparato digital el hábitat ideal para su reproducción.

 

El modo de imaginar propio del aparato digital implica su apertura como cercanía desde la inmersión interactiva. El aparato digital obliga a que el usuario haga de dicha inmersión el único modo de operar. Así, el aparato digital abre un modo de imaginar que implica el habitar el ciberespacio de manera individual e interconectada. Es con el aparato digital que cobra una nueva significación lo afirmado por Walter Benjamin, “la necesidad de apoderarse del objeto en su más próxima cercanía, pero en imagen”. El objeto es atrapado por el usuario en la interacción.

 

Entender el desplazamiento del aparecer en su sobresaturación en el aparato digital es entenderla desde la idea de su exceso ecológico. No hay en ella residuos posible de mundo alguno porque ella se ofrece como una autosuficiencia que permite la praxis vital alienada en la actividad de usuario conectado “nodalmente”. No se trata de una manipulación de lo representado, sino de una disposición abierta por un dispositivo en el que el mundo, en cuanto distancia referencial, ya no es necesario para ser constituido. La objetividad del objeto únicamente es posible de ser desplegada, en el artilugio propio de la Postmodernidad, como abandono de la distancia en el exceso representacional que es la única manera de arrancar al objeto de su cobertura, de enajenarlo de una vez por todas de la distante e incierta irregularidad del mundo pensado categorialmente por la modernidad. El objeto es inserto en su representación en cuanto objeto alienado ontológicamente respecto del objeto en la Modernidad. Nada del objeto queda fuera de su representación en los aparatos: hay en la acumulación de objetos representados una readecuación ontológica de la superficie como autonomía que “suspende” la distancia de lo representado.

 

El modo de imaginar propio del aparato digital aquí descrito, sin embargo, no escapa a cierta ambigüedad. Especialmente al aspecto simulacral que cobra para el usuario lo que irrumpe en el aparato. En este sentido, el modo de imaginar del aparato digital siempre posee un horizonte que lo hace inestable porque su profundidad siempre depende de la interacción y de la interconexión. En el modo de imaginar del aparato digital estamos arrojados a un mundo que se construye como el gran mapa de un territorio que no existe más allá de la inmersión interactiva porque se ha levantado a partir de la clara conciencia que todo territorio es siempre producto del mapa que articulamos para orientarnos en él.

 

La razón moderna se vio en la necesidad de recurrir a la desaparición de la idea de un mundo dispuesto para reconstruirlo fielmente. El hombre se desembaraza de la pesadilla cartesiana de los sentidos como posibilidad de conocimiento. Todo es reemplazado por sensores a-subjetivos que hacen del registro una señal (información pura) que es sujeta a su re-codificación al interior de programas pensados para ello. Programas que no hacen otra cosa que constituirse en el motor del mundo representado (mapeado) digitalmente. El idealismo trascendental se hace carne en el soporte digital que hace del mapa su territorio. La señal significa algo preciso al interior del programa, se hace absolutamente inteligible y por lo tanto se convierte en el mundo real. 

 

Lo que hará el capitalismo, mediante la estetización de la mercancía, es establecer un control para dicho aparecer propio del modo de imaginar en el aparato digital. El modo de control será mediante el establecimiento de la mercancía estetizada como un verdadero objeto fascista que no controla los significados, sino que interrumpe cualquier tipo de significación mediante el aparecer excesivo de mercancías circulando en red. La mercancía como objeto fascista impide el horizonte de ambigüedad propio de todo modo de imaginar a través de la acumulación de superficies que desplieguen, en la inmersión interactiva, objetos deseables para su consumo.

 

 

 

 

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