UN ADIÓS A ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR (1930-2019), EL OTRO POETA DE LA REVOLUCIÓN

Para abrir el prólogo de una de las antologías sobre José Martí, Roberto Fernández Retamar recordaba la respuesta de Fidel Castro cuando, en el juicio por el asalto al cuartel Moncada del 26 de julio de 1953, fue preguntado por el autor intelectual de aquel ataque: “Es José Martí”. Retamar señalaba así cómo el poeta de Nuestra América y su pensamiento emergieron centrales a la Revolución desde su irrupción originaria. Pero Martí fue también el referente intelectual del propio Retamar; un referente rector de todo su estudio y creación literaria a través del cual dio continuidad a su legado dentro del proceso revolucionario cubano, desde el que participó y forjó algunos de los marcos culturales que cambiarían para siempre el panorama intelectual de todo el continente.

 

 

Detalle ilustración por Julio Alarcón Mariño.

Portada de la publicación: Fernández Retamar, Roberto. ¿Y Fernández? 

Ediciones Cuadernos Papiro, Holguín, Cuba, 2005.

 

 

Retamar abrazó el pensamiento martiano a través de las dos grandes armas literarias que compartía con su mentor histórico: la profundidad analítica del ensayista y la sensibilidad sutil del poeta. Y ambas cualidades le sirvieron para construir un corpus, un trabajo de vida, que se ha manifestado esencial para el propio desarrollo del pensamiento latinoamericano contemporáneo. En su obra, Retamar exploró e iluminó los caminos que, a pesar de los múltiples intentos por enmarañarlos u ocultarlos, unían a Martí a la larga tradición de liberación latinoamericanista, que por tanto tiempo ha acompañado a tantas expresiones de resistencia en el continente y más allá. Fue así como Retamar reconoció los vínculos entre Martí y el Calibán que nació de La tempestad de Shakespeare en el que posiblemente sea su ensayo más conocido, titulado precisamente con el nombre del “deforme (…) a quien Próspero robara su isla, esclavizara y enseñara el lenguaje”. No en vano, vio en esa relación la savia de la propia Revolución de la que fue tanto partícipe como protagonista, a la que calificó de “calibanesca” en su propósito por “satisfacer las exigencias" de justicia social y solidaridad “de ese personaje conceptual”. Y como no podría ser de otra manera, en esa mirada larga que dispuso para desentrañar las cualidades intelectuales e históricas de su tiempo, Retamar también vislumbró la relación entre Martí y Bolívar, entre los proyectos y esperanzas martianas y bolivarianas.

 

Pero Retamar fue también, más allá de su obra literaria, de su trabajo académico y compromiso político, una figura fundamental en la confección y desarrollo de proyectos mayúsculos en la vida cultural y editorial, tanto de Cuba como de toda Latinoamérica. Y en este sentido cabe destacar, por encima de todos ellos, aquellos vinculados a su relación vital con la Casa de las Américas, desde donde, bajo la presidencia de la heroína del Moncada Haydée Santamaría, comenzó a dirigir su emblemática revista en 1965. Retamar acabaría presidiendo desde 1986 hasta el final de su vida esta institución, contribuyendo de manera decisiva a hacer del espacio de la Casa —tanto el situado frente al Malecón habanero como sus extensiones en papel en la revista, los libros y otros proyectos editoriales— el lugar ineludible para despertar y conocer los debates más enriquecedores y las disputas más enconadas en el ámbito cultural latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX. Así, en una búsqueda inagotable de lo que el propio Retamar calificó como un “nuevo realismo” —llamado a conciliar la experimentación y la legibilidad, la vanguardia literaria y la revolucionaria—, esa Casa gestó y alimentó algunas de las más significativas y genuinas transformaciones que dieron el medio literario, artístico e intelectual latinoamericano. Éstas dialogaron y han continuado dialogando de manera activa con otros espacios políticos y sociales sensibles a los cambios y las controversias que se ampararon y propulsaron desde la Casa.

 

Cuando, debido al bloqueo, desde todo el continente sólo se podía llegar a Cuba por México o haciendo escala en alguna metrópoli europea, la Casa se convirtió en el punto de encuentro de toda una generación literaria transformadora que incluía figuras de la talla de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Benedetti, Rodolfo Walsh, Roque Dalton, Alejo Carpentier, Manuel Galich, Ángel Rama, Víctor Jara, Paco Urondo, Juan Gelman, Eduardo Galeano, Nicolás Guillén, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Italo Calvino, Augusto Roa Bastos, Ernesto Cardenal, Chico Buarque, Carlos Fuentes, Juan Marsé, José Saramago, Ricardo Piglia y tantos y tantos otros. Ésta fue también una generación transformada por la propia Casa, como reconoció Cortázar al señalar que en ella “me descubrí latinoamericano”. Del mismo modo, la Casa se ofreció para una labor similar a otros ámbitos artísticos por medio de la organización de festivales de música, danza y teatro u otros eventos que llegarían a ser emblemáticos para las artes visuales, y donde la pintura, la fotografía o el cartel —tan relevante para todas las expresiones de la cultura revolucionaria en Cuba— podrían convivir en el diálogo y la crítica.

 

Roberto Fernández Retamar y Julio Cortázar.

Casa de las Américas. 1978. Véase.

 

           

La Casa que habitó y compartió, en definitiva, abrió sus puertas para dar cabida y promocionar el pensamiento latinoamericanista que tanto absorbía la propia labor reflexiva y creativa de Retamar; un pensamiento radical que combatía, desde la dialéctica, la pereza escolástica euricentrista. El poeta cubano participó así de la construcción de esta monumento al encuentro y el debate, una Casa con C mayúscula que se convertiría en la institución referencial del hemisferio para que el bastión de la cultura fuera tomado por y para “los nadie”, abriendo también aquellos senderos por los que hoy transita el pensamiento crítico más imaginativo y original, emancipador, decolonial y antiimperialista. Esta Casa cumplió 60 años a finales de abril, una vida; aniversario al que esperó Retamar, amable como se le recuerda, antes de salir de ella el pasado 20 de julio. “Es necesario decir que estará con nosotros, en nosotros. (…) Pero desde ahora somos más pobres, aunque nos acompaña para siempre el honor de haber trabajado bajo su guía, bajo su aliento, que seguimos sintiendo, orgullosos y entrañablemente conmovidos, a nuestro lado”, escribió junto sus compañeros de la Casa para despedir a Haydée Santamaría en 1980. Esas palabras las sienten suyas hoy tantos al pensar en él.

           

El trabajo de Retamar en la Casa habla también de una obra colectiva inscrita dentro del proyecto popular, revolucionario y solidario, que comenzó a andar en Cuba. Sin abandonar su labor individual y solitaria como poeta y ensayista, Retamar insertó ésta en un proyecto común, gigante, para contribuir con su palabra y pensamiento a la amplia perspectiva latinoamericanista de la Revolución a la que se entregó en cuerpo y mente.  Como Martí hizo en el proceso revolucionario que llevó a la independencia de Cuba, Retamar extendió la dimensión y profundidad crítica de la Revolución que vivió y para la que vivió, transformándose de este modo en co-autor intelectual de toda una era.

 

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*Alejandro Pedregal es profesor en la Unidad de Arte Expandido (UWAS) e investigador en el Departamento de Cine, Televisión y Escenografía de la Universidad Aalto de Helsinki, institución de la que se doctoró con la tesis Film & Making Other History: Counterhegemonic Narratives for a Cinema of the Subaltern (Aalto ARTS Books, 2015). Como escritor ha publicado los libros Evelia: testimonio de Guerrero (Foca, 2018), Mientras los hombres conquistaban la Luna y daban vueltas alrededor de la Tierra…: Rodolfo Walsh, el pastor de Girón (Patria Grande, 2017) y, como coordinador junto a Emilio Recanatini, La esperanza insobornable: Rodolfo Walsh en la memoria (Patria Grande, 2017). También es cineasta y guionista de diversos trabajos premiados internacionalmente, que incluyen los cortometrajes United We Stand (2009) y Reservas naturales (2018), y el documental Tú fuiste la semilla (2013), co-dirigido junto a Adrián Aragonés. Escribe habitualmente sobre cultura, política e historia, y fue fundador y director del Lens Politica Film and Media Art Festival (2005-2011).

 

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