DE ORDEN, PARODIA Y ARTE: URSUS WEHRLI Y UNA LEJANA LATINOAMÉRICA.

El primer jueves de cada mes la entrada a los museos estatales es gratuita para los habitantes de la ciudad donde vivo. Apenas me enteré de este derecho (o privilegio, eso depende de la visión de cada lector que casualmente llegó aquí), visité el museo Ludwig, el cual agrupa obras del siglo XX hasta la actualidad. Luego de 3 visitas sin poder captar la variedad que el museo ofrece, terminé por admitirme como analfabeta en arte contemporáneo, aunque intensamente entusiasta con el goce instantáneo que produce el sólo mirar. Asumiendo que escribo esto desde una mente para nada enciclopédica, aunque innecesariamente detallista, me detengo en unas imágenes que conocí recién en la tienda de regalos; ese lugar que siempre nos tienta con alguna postal, libro u objeto en principio innecesario, pero que no tarda en transformarse en un trofeo de nuestro éxito consumista con aspiraciones intelectuales. Así conocí a Ursus Wehrli[1] y su serie de libros “Kunst aufräumen” (Ordenando arte), cuya primera versión salió el año 2002.

 

 

 

“Ordenando arte” (libro azul) y “Ordenando más arte” (libro rojo). Con las correcciones que el autor hizo sobre el título del tercero, sería algo así como “El arte de ordenar”.

 

El artista y comediante suizo toma obras de arte medianamente o bastante conocidas, las analiza hasta la desarticulación y nos las ofrece “ordenadas” por componente, color, textura, forma o tamaño. Trabajos de Kandinsky, Schiele, Seurat, Pollock, Magritte, entre otros son, por decirlo así, las víctimas del ímpetu de Wehrli de organizar las imágenes y, de paso, desentrañar cada uno de los elementos que las hace ver como son.

 

 

 

 

 

Otro camino tomado por el autor es el de figurar la materia prima de la imagen y proponerla como su origen o reservorio. Lo que nos ofrece después de su intervención imaginaria es la apariencia de cada una de las partes de que él mismo con anterioridad identificó y, de ese modo, pensar en la obra de Pollock ya ni siquiera como trazos o texturas, sino que la pintura en tanto colores. Y esos colores, antes de ser esparcidos sobre la tela, estuvieron guardados en tarros cerrados. Wehrli nos muestra una idea cómica de la imagen antes de ser síntesis, antes de ser inventada como totalidad, antes de siquiera ser percibida como imagen. Esto quiere decir que, pese a que la percepción requiera de una operación analítica a través de la cual se captan estímulos, ésta “desemboca en una síntesis, y sólo en esta surge la imagen como forma” (Belting, 2007, p.73).

 

El detalle de incluso contar cuántos hombres por la mitad pintó Magritte y ordenar cada fragmento de éstos con los de su tamaño nos parece al menos cómico, pues es un trabajo que nadie pareciera estar dispuesto a hacer, que nadie cree necesario y que a pocos se les pasa siquiera por la mente. Pues en nuestra visión, el arte no se comporta así. No enumera, no estratifica, no sigue las mismas leyes con las que se rige nuestro espacio cotidiano. Pero Wehrli lo hizo.

 

Cuando miramos una imagen, igual cuál esta sea, lo que percibimos es una síntesis que, como tal, se nos ofrece de una sola vez, sin necesidad de ser “leída” por partes. En otras palabras, cuando miramos una pintura, lo que vemos es la imagen final, el resultado de procedimientos que no necesariamente imaginamos, consideramos, ni analizamos. Pues “lo que se da una percepción ‘natural’ tiene un significado que no coincide con la visión ‘objetiva’ de la percepción: no se da un objeto físico con determinadas propiedades intersubjetivamente permanentes (tipo de materia, peso, color extensión, etc.” (Rodríguez, 1997, p.24).

 

Ahora, ¿por qué nos causa tanta gracia que un comediante y artista suizo nos ofrezca este tipo de obras que parecen ser una parodia del carácter que se requiere para mantener el orden, la armonía y buen funcionamiento del cual se precian algunas ciudades europeas? En mi país de origen (Chile), en donde no se ha conseguido un bienestar general de la población, la comedia es un recurso creativo que se utiliza para enfrentar de mejor manera contextos de crisis, para visibilizar problemáticas sociales y para denunciar sin tanto peligro de censura. Es como si la comedia o en general el humor fuese una manera de desafiar a la autoridad en tanto esta actúa como represora, al mismo tiempo que no garantiza derechos. Acá estaríamos frente a un uso de la comedia y del mismo arte no necesariamente opuesto, aunque adaptado a su propia realidad.

 

Lo que sucede con Wehrli, en un contexto radicalmente diferente al de las ciudades latinoamericanas tanto estética como social y culturalmente, es que la comedia cuando desafía, cuando se rebela, no lo hace necesariamente contra una autoridad, sino contra una estructura que es estrictamente respetada y cuyo control es igualmente mental. Un ejemplo bastante evidente del control mental es el acceso a los tranvías en las ciudades, en donde no existe un torniquete ni guardia que revise que cada pasajero porte un boleto, sino que cada uno sabe si ha pagado o si viaja gratis. Cuando se sube un controlador y sucede que alguien no ha pagado, la multa parece insignificante al lado de las miradas inquisidoras que los demás pasajeros dirigen al multado. Pues cada pasajero parece tener, además de las reglas interiorizadas como valores fundamentales del buen vivir, a su propio comisario interno. Tal escenario de respeto a las normas en mi país es impensable, pues las condiciones materiales de existencia no son dignas para todos. Que en Chile se evada el costo del pasaje del metro es, de hecho, la solución de emergencia más justa y el comisario interno, de existir, no comprende dónde vive.

 

Lo que hace el autor desde su propia posición en un país notablemente privilegiado, es parodiar ese orden al cual tanto culto se le rinde (y que, de hecho, se le puede rendir). Wehrli evidencia a ese comisario interno y exacerba visualmente la forma en que mental y socialmente se separa, agrupa, se entiende un conjunto y cómo éste debe comportarse. Él toma dicha estructura racional y la extrapola a un espacio estético en donde el ordenamiento es aleatorio, en donde no se responde a coordenadas lógicas ni a clasificaciones seriales. Tras la confrontación entre arte y orden producida intencionalmente por el autor, el resultado termina siendo absolutamente risible. Lo que demuestra finalmente es cuán absurda puede verse una estructura mental cuando se intenta aplicar a otro ámbito o a otro contexto en donde las condiciones de existencia son otras. Pues el arte debería servir de refugio en donde no se requiere de aprehender cada parte componente para percibir un todo y en donde – inconscientemente – la desorganización, el desorden, la inexistencia de jerarquías y la imposibilidad de control son capaces de mostrarse inofensivos, de crear espacios nuevos y relativizar hasta la estructura más estricta.

 

 

Referencias

 

Belting, Hans. (2007). Antropología de la imagen. Madrid: Katz Editores.

 

Rodríguez, Ramón. (1997). La transformación hermenéutica de la fenomenología. Una interpretación de la obra temprana de Heidegger. Madrid: Editorial Tecnos.

 

 

[1] Todas las imágenes de las obras son directamente extraídas de la página web del mismo autor, quien las ofrece con marca de agua para protegerlas de cualquier reproducción. Disponibles en: https://www.kunstaufraeumen.ch/sites/default/files/shop/shop.htm

 

 

 

 

 

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