ALGUNAS IDEAS SOBRE LA REVUELTA Y EL CINE DE POSTDICTADURA

Por Luciano Benítez Leiva*



“Cuando hago una película estoy siempre en la realidad, entre los árboles y entre la gente como ustedes. No hay filtro simbólico o convencional entre yo y la realidad como en la literatura. El cine es una explosión de mi amor por la realidad”

(Passolini, 1968)



El 18 de octubre marca el segundo aniversario de la revuelta social chilena, propiciadora del trabajo que actualmente lleva a cabo la Convención Constitucional, con representantes elegidos por la ciudadanía. El objetivo es reemplazar la Constitución de 1980, puesta en marcha en plena dictadura militar, en un contexto de censura y persecución política que siempre ha puesto en duda su legitimidad (no existieron registros electorales y a la oposición se le impidió realizar campaña). La Carta Magna estableció un marco jurídico que institucionalizó las transformaciones estructurales promovidas por los Chicago Boys, consagrando el libre mercado como principio constitutivo dentro de un Estado subsidiario débil que no entrega prestaciones básicas (salud, educación, pensiones), sino que las deja en manos privadas, limitándolo a un rol meramente supervisor. Ese es el escenario que se ha vivido con fuerza desde los 90 en Chile, a pesar del regreso de la democracia y varios gobiernos de centro-“izquierda”. El punto cúlmine es el 18 de octubre del año 2019, cuando el llamado masivo de los estudiantes secundarios a evadir el pago del pasaje del transporte público (que llevaba varios días) encendió la mecha de lo que sería conocido como “El Estallido”, una serie de manifestaciones en la capital y otras ciudades del país que evidenciaron el malestar de las últimas décadas y establecieron la necesidad de un nuevo marco jurídico nacional.

Pero llamarlo “Estallido”, como hicieron los medios noticiosos de entonces, difundiendo el nombre-concepto, me parece una pérdida de agencia para quienes se manifestaron que no puede ignorarse. La Revuelta, como otras personas la llamamos, es una crisis que no nace del vacío, sino que es respuesta a las derivas que el país ha tomado en ámbitos socio-políticos y económicos tras la dictadura y la Constitución del 80, alarmantemente profundizados en democracia. Muchos signos del desasosiego pueden rastrearse en películas chilenas de las últimas décadas y por eso me gustaría revisar algunos en tres largometrajes de ficción de postdictadura.


Caluga o Menta (1990)




Dirigida por Gonzalo Justiniano y conocida como la primera gran película de la post-dictadura, su título es en el fondo una pregunta que, de forma jocosa y quizás pretenciosa, encierra el conflicto entre libertad y destino. El Niki es un joven de 23 años que vive en la periferia de Santiago, pasando sus días entre el sopor de la droga y actos delictivos de poca monta. El Niki y sus amigos, jóvenes “marginales” (así los llama la propia película en su primera escena), se erigen como representantes de la decepción y el desdén que el regreso de la democracia significa para el país, pues sus proyecciones vitales no sufrieron cambio alguno.


Hay una escena ya clásica en la cual Niki y sus amigos toman sol en el patio de los bloques de departamentos, un peladero, cuando llega un representante de la municipalidad con la promesa de áreas verdes para el sector:



Llama la atención lo despierta que es la perspectiva de los jóvenes poblacionales de la película, incapaces de esperar algo del “gobierno”, estando ya acostumbrados al abandono. Es más, la promesa de pasto es prácticamente una burla, siendo que si bien mejoraría el ambiente en que viven, no sería más que una solución parche que no ataca el problema de fondo de la desigualdad, de ahí las respuestas cínicas del grupo. El mismo resentimiento se evidencia cuando Niki le dice a Nacho, a propósito de estar frente al mar: “Aquí hay algo que no calza, compadre”. Una desidia epocal y de clase que termina con el Niki en una espiral de violencia en la que su única alternativa es abandonarlo todo y tomar la carretera.



Matar a un Hombre (2014)


Caluga o Menta resuelve su conflicto a través del escape. Distinta es la alternativa tomada por Jorge, protagonista de Matar a un Hombre, película del año 2014 dirigida por Alejandro Fernández Almendras, que pone a prueba los límites morales de un padre para proteger a su familia del acoso de un vecino.


En el barrio de Jorge se instalaron viviendas sociales que rápidamente tornan problemáticas las relaciones sociales en el sector, y cuestiones tan simples como salir a comprar pan se complican por el acoso de los nuevos habitantes. Uno en particular, el “Calule”, asalta a Jorge y le quita su bolso con insulina. El hijo de Jorge, enojado con el ladrón, va a su casa a imprecarlo, por lo que recibe un disparo. El Calule, para mitigar su posible culpa, se dispara a sí mismo y pasa un año y medio en la cárcel. A su regreso el acoso a la familia de Jorge se hace peor que nunca, demostrando a través de escenas cotidianas cómo la familia se va deteriorando tanto por acciones del Calule como por inacciones de funcionarios de los poderes policiales y judiciales que prácticamente los abandonan a su suerte. El estrés y el miedo empujan a Jorge a considerar una solución diferente. Capturando al Calule se da cuenta que amenazarlo de vuelta no es suficiente y decide matarlo.


La cotidianidad de Jorge tras el crimen, es silenciosa pero tensa. Los recorridos entre la población y el bosque costero donde trabaja se nos van haciendo pesados, pues también cargamos con el crimen y no sabemos qué va a pasar. El manejo de la tensión a través de largos planos generales y varios momentos de música ominosa y envolvente, nos aproxima a la cabeza de un atribulado Jorge que simplemente no puede vivir con las consecuencias de la decisión de matar a un hombre, a pesar de haber sido la solución a sus problemas.



Mala Junta (2016)


La tercera película que me gustaría revisitar, dirigida por Claudia Huaiquimilla, toca otras fibras que poco se han explorado en el cine de ficción chileno. Tano, un joven santiaguino con problemas delictuales es enviado a vivir al sur con su padre, con quien apenas tiene relación, para tratar de evitar enviarlo al Servicio Nacional de Menores. Ya en el camino, sobre el bus, le toca presenciar barricadas al atravesar la zona de conflicto de tierras entre empresas productivistas y el pueblo mapuche, a modo de introducción a su nueva vida.


Si bien al principio Tano tiene dificultad para aceptar su nueva realidad, de a poco se va acostumbrando al entorno rural, haciéndose amigo de Cheo, compañero de colegio y joven mapuche que participa del activismo en contra de la empresa forestal, cuya sombra ominosa cubre el territorio. Mala Junta podría ser otra película sobre los problemas de ser adolescente, pero en el contexto en que se ubica se convierte en algo más relevante, pues viene a evidenciar un problema de larga data en el territorio chileno: la relación desigual entre las personas (urbanas, campesinas e indígenas) y las empresas o familias dueñas del territorio y promotoras del extractivismo, protegidas por la ley y la fuerza policial. Sin ir más lejos, el despertar de Tano tiene que ver con el allanamiento de una comunidad mapuche por parte de la policía de investigaciones y la muerte de un comunero.




Esto, que podría parecer alejado de la realidad y la capital, tiene correlato en la vida cotidiana del Chile actual. Sin ir más lejos, el 10 de este mes, Denisse Cortés, voluntaria de la Defensoría de Derechos Humanos murió en una marcha por la resistencia mapuche y autonomía de los pueblos. Fue herida mientras intentaba aplacar los ánimos de una policía incapaz de no recurrir a la violencia para aplacar el descontento social.



¿Un cine post revuelta?


Las películas visitadas, a pesar de haber sido realizadas a lo largo de 26 años, tienen una línea común que podríamos decir es sintomática del Chile actual: el abandono institucional, la falta de garantías sociales y el infame “sálvese quien pueda”. Si bien no pretenden ser una representación fidedigna de la realidad -al fin y al cabo son ficciones, no documentales-, a través de herramientas técnicas y el trabajo con distintos discursos se abre el abanico de posibilidades interpretativas.


Sin duda, la forma que toma la ficción es diferente en cada uno de los ejemplos presentados, pues cada obra se instala en años más o menos determinados. Sin embargo, situarlas en su contexto (el Chile de post-dictadura) permite analizarlas con respecto al tratamiento que hacen de ciertas problemáticas clave (clase, raza, funcionamiento instituciones) al mismo tiempo que hacer un vuelo por la historia reciente de Chile y los malestares que la han acompañado en democracia. Estos signos de intranquilidad son algunos de los que se escucharon con fuerza desde el 18 de octubre del año 2019.


Ahora nos queda esperar los cambios tras las elecciones presidenciales y el plebiscito de salida de la nueva Constitución. Es difícil no comparar la politización actual de la sociedad chilena con la de los años 60, que impulsaría la victoria de Salvador Allende en las elecciones presidenciales de 1970. En esos años se produjeron múltiples obras culturales (musicales, audiovisuales, pictóricas, etc.) que imbuidas por el ánimo epocal intentaron hacer una radiografía social con distintos niveles de éxito.


Un buen ejemplo es “Ya no Basta con Rezar”, del año 72, dirigida por Aldo Francia, que revisita la historia, en esos años, reciente de Chile, el ambiente previo al despertar social de fines de los sesenta y la concientización del protagonista (el sacerdote). Ver las últimas escenas es transportarse no solamente a las calles de Valparaíso en esos álgidos tiempos, sino a las marchas y demostraciones de los últimos años en Chile, estimuladas por el feminismo, los trabajadores, los pueblos indígenas, el rechazo a aberraciones socio-económicas como el TTP-11 y, en general, el descontento por un modelo en el cual la gente simplemente no quiere vivir más.


Quizás qué películas nos traiga la post-Revuelta. Tal vez los años venideros y su cine nos indicarán si un cambio positivo fue logrado o no.



* Antropólogo y Magíster en Literatura Hispanoamericana Contemporánea de la Universidad Austral de Chile. Estudiante de doctorado en Filología Románica. Georg-August-Universität Göttingen.

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